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Con el Alma Enmarañada…

Con el alma enmarañada y sucia, como recién escapada de una larga estancia en un espeso matorral de espinas, el mamífero en cuestión se quejaba para sí de lo difícil que resultaba olvidarse de su propio nombre. Y todo esto lo hacía mientras se acariciaba con fruición el lóbulo de su oreja derecha. De este ejercicio, atípico entre los de su especie, extraía un placer sutil y nada ordinario que sólo él podía comprender. Ella también, y por eso le amaba.

J.G. para T.B. (2014)

 

Un Fiestón Inolvidable…

Lo que fueron, esa singularidad infinitamente densa y matemáticamente paradójica que fueron, todo lo que fueron, apareció en un instante definido, y es ese preciso instante y no otro el que quisieran festejar hoy.
La probabilidad de que pudieran llegar ser era más bien remota, ínfima. Y ya que fue la magia del azar, la aleatoria presencia de un lejano algoritmo con nombre de actor para ser exactos, lo que permitió que la casualidad hiciera acto de presencia, quisieron comenzar el festejo con un sincero homenaje a los dioses protectores del misterio, la estadística y el arte.
Los hechos acontecieron por este orden. Al principio fue su nombre. Más tarde llegaron sus palabras hasta que, por fin, como por encanto, apareció su rostro. Una centésima de segundo después, ya la amaba. Y es aquí cuando deciden continuar su particular zambra cogidos de la mano, sonriendo como niños, mientras se toman un trago y se susurran al oído todo lo que los enamorados se han contado desde que el mundo es mundo.
A partir de ahí todo fue un continuo expandirse por el espacio estelar hasta que, por fin, el verbo se hizo carne, la materia se adueñó de la materia, y la explosión se hizo inevitable. Llegados a este punto seguro que entenderán por qué estas partículas, elementales y todo lo que ustedes quieran pero que parecieran llamadas a ser una y la misma cosa, quisieran montar un fiestón inolvidable.

J.G. para T.B.  (2014)

Rastro

Poco después del adviento, en una olvidada esquina de un lugar que tenía toda la pinta de ser el universo infinito, algo o alguien -probablemente la casualidad- me reveló tu nombre. No fue un soplo de suave cadencia, no. Lo recuerdo más bien como un aullido, una perturbación necesaria y violenta del aire, que me despertó del letargo y la tristeza, e, igualito que un perro, me puso tras tu rastro.

J.G.